Recuerdo con júbilo la tierna infancia donde compartía jornadas interminables de juegos con personas a quiénes entregaba toda mi picardía, ingenuidad y hasta el corazón - corazón de niño-. En aquel entonces encontraba el mayor volumen de alegría, sinceridad y desinterés presente en un grupo social. Todo aquello parecía de lo más usual, y supuse -¡wow!- que lindo sería la vida adulta rodeada de gente con tanto por ofrecer y compartir.
Pasaron los años y ya no era sencillo reunir el bisoño grupo de amigos. Notoriamente los objetos nos convocaban, los afectos no bastaban. Comenzando con la pelota, luego un muñeco, la televisión, posteriormente los vídeo juegos y aparatos más elaborados. Desde luego que todos aquellos objetos tenían su atractivo, cualidades por las cuales nos dejábamos seducir sin miramientos.
Fue entonces, en la flamante y vigorosa juventud, que aparecieron los efectos nocivos de supeditar los encuentros de la agrupación a la presencia de objetos, suplantando la estima. Culminando en peñas donde puede estar presente todo aquel que traiga consigo un elemento de interés físico. Se ha llegado a cometer el desacierto de discriminar a miembros fundadores de la agrupación por no contar con aquel elemento para contribuir, incluso, por no querer compartir aquello físico que los demás proponen.
Para suerte nuestra, la amistad va mucho más allá que una simple reunión por un interés material, y lo que acabo de describir no es la regla en el universo. Todo esto lo vivimos día a día y no hay que dejar de lado lo que realmente importa -las personas-.
Es mi opinión.